10 errores del sicólogo que hay que entender detectar

En la práctica del sicólogo, más que nada del clínico, se pueden dar una serie de fallos comunes que, más allá de que no tienen por qué dañar la salud del paciente ni el avance de la terapia, sí que es verdad que influyen en ella.

Los psicólogos también somos humanos y, pese a que poseemos entendimientos suficientes para hacer bien nuestro trabajo, a veces metemos un tanto la pata.

Errar es humano y corregir de sabios, de ahí que los lápices tienen goma de eliminar incorporada. Por esto, y a fin de ayudar a identificar distraigas que tengamos la posibilidad hacer, vamos a hacer una ojeada de aquellos errores del psicólogo que es simple cometer.

Los fallos del psicólogo más importantes en terapia

Es frecuente que, al comienzo de nuestra carrera como psicoterapeutas, cometamos algunos errores. Absolutamente nadie es especial y errar es humano, conque es completamente habitual cometer alguna equivocación o despiste.

Sin embargo, dada la suma importancia que implica llevar a cabo una psicoterapia bien, tanto para la salud del paciente para la reputación del psicólogo que lo haya atendido, es necesario ir de forma cuidadosa y evitar cometerlos, singularmente esos que logren tener más influencia en nosotros como profesionales o aun dañar al tolerante.

Con esto no pretendemos producir temores e inseguridades a los terapeutas noveles. Se piensa que, en el momento en que uno se inicia como sicólogo, sea clínico o no, dispone del conocimiento teórico y práctico bastante para ejercer su profesión, con unas competencias adquiridas en todo el nivel y estudios de postgrado que legitiman su práctica. El objetivo de este artículo es dar a conocer cuáles son los fallos del sicólogo más comunes para poderlos reconocer en uno mismo y evitar que se vuelvan a ofrecer más adelante.

Estos son los errores del sicólogo más habituales o simples de cometer.

1. No cambiar la relación terapeuta-paciente

Uno de los aspectos mucho más escenciales de cara a la terapia es la relación entre el psicólogo y su tolerante. Esta, cuando se establece adecuadamente y junto con las especificaciones del terapeuta, puede hacer más simple el efecto de la terapia.

No podemos charlar de esta relación sin mencionar la iniciativa de la Línea de Implicación Perfecta, un espacio imaginario en el que la relación de implicación entre el paciente y el profesional es la mucho más adecuada para la efectividad de la terapia. Traspasar esta línea, así sea por mucha implicación o bastante poca, puede estropear la relación terapeuta-paciente. Si se traspasa por mucha distancia, mayores serán los riesgos.

El fallo aquí sería rebasar la línea hacia un lado u otro, lo que puede dar a dos posibles ocasiones.

Implicarse bastante con el tolerante

Se establece una relación terapeuta-paciente demasiado cercana, con un prominente nivel de implicación sensible. El paciente nos importa bastante, tanto que nos llevamos sus inconvenientes a casa y los convertimos en parte de nuestras vidas.

Esto no quiere decir que esté mal ofrecer un abrazo cordial a un tolerante o que no nos importe su salud psicológica. Claro que nos importa, pero esa importancia es en clave profesional. No debemos olvidar que la relación terapeuta-paciente es profesional y, a fin de que ande la terapia apropiadamente, se deben marcar unos límites.

Son múltiples los inconvenientes que podrían aparecer en caso de que la relación sea demasiado estrecha, a una parte de la pérdida de la eficiencia de la terapia:

  • Pérdida de la objetividad sobre los inconvenientes del tolerante.
  • Transferencia: nos afectará bastante lo que le pase al tolerante.
  • Evitaremos decir o llevar a cabo cosas que creamos que tienen la posibilidad de hacer daño al paciente.
  • Cuestionamiento: es más probable que el paciente empiece a cuestionar nuestras decisiones como profesional.

Verse demasiado distante con el paciente

Por el lado contrario encontramos una baja implicación emocional, esto es, una relación terapeuta-tolerante bastante distante.

La implicación alta es un inconveniente, pero asimismo lo es la excesiva distancia sensible hacia el paciente, que pueda darle a entender que no nos importa en lo mucho más absoluto. Debemos comprender que en terapia la intimidad, la sensibilidad o la calidez son puntos fundamentales y, si no los exponemos como terapeutas, puede que haga que el paciente abandone la terapia al sentirse incómodo.

2. Evaluar las creencias del paciente

Todas la gente contamos nuestras propias críticas. Absolutamente nadie tiene la misma visión de todo el mundo y las creencias de cada uno tienen la posibilidad de ser realmente variadas. A veces, las opiniones de un paciente nos tienen la posibilidad de resultar muy chocantes y también, aun, discriminatorias como serían el caso de la homofobia, racismo, hostilidad a los extranjeros, machismo…

Al margen de cuáles sean nuestras opiniones sobre esas opiniones, no somos quienes para juzgarlas ni corregirlas en el tolerante. Como sus psicólogos debemos enfocarnos en el inconveniente por el que ha acudido a terapia y otras problemáticas que, si bien no lo han animado a asistir al sicólogo, sí que es posible que le supongan un malestar psicológico.

El trabajo de un psicólogo es el de ayudar a sus pacientes a trabajar esos pensamientos, formas de proceder o conmuevas que le hacen sufrir y que generan un enorme malestar en él o ella. Lo que no debemos hacer es intentar cambiar esos pensamientos, formas de proceder o emociones que nosotros, a nuestro enteder personal, pensamos que están equivocados.

Lo que debemos tener muy claro, y a modo de eludir posibles fallos en consulta relacionados con este aspecto, es que si no nos vemos capaces de tratar al paciente pues sus opiniones nos resultan bastante chocantes o atentan contra nuestra forma de ser (p. ej., ser homosexual y atender a un tolerante homófobo) es mejor derivarlo a un compañero u otro profesional que creamos que va a ser con la capacidad de llevar ese caso mejor.

3. No hundirse en la historia del tolerante

El paciente que va a consulta debería sentirse escuchado y comprendido, además de mínimamente valorado.

Por este motivo es primordial hundirse en su crónica, conociendo cuál es su nombre, apellidos, el nombre de su pareja, puesto de trabajo, hijos y demás puntos que son escenciales en su día a día.

Estos datos los tenemos la posibilidad de tener en una hoja y, en el caso de que no los recordemos bien, revisarlos de vez en cuando durante la sesión, si bien lo suyo es haberse hecho el repaso convenientemente antes de recibir al paciente.

De no llevarlo a cabo le obligamos a tener que llevar a cabo sobre explicaciones sobre quién es, por qué va a solicitud, quien es su familia o las relaciones que tiene con ellos y esto, eidentemente, le dará la sensación de que realmente pierde el tiempo y el dinero por el hecho de que no ve que proceder a terapia le sirva a fin de que alguien se preocupe por su situación y valore cómo ayudarle.

4. No utilizar la escucha activa

Todo psicólogo ha escuchado en más de una ocasión la expresión “escucha activa”. Es considerada una habilidad fundamental en la vida profesional de todo terapeuta y la debemos dominar. Si no oímos lo que nos comunica nuestro paciente va a ser realmente difícil comprender qué le pasa, por qué razón le pasa y cómo podemos asistirle. Es por ello que es primordial realizar lo siguiente:

  • Prestar atención y también interés con lo que el tolerante nos comunica, tanto a nivel verbal, no verbal y actitudinal.
  • Procesar la información y separar lo importante de lo que no es así.
  • No oír lo que deseamos oír, sino lo que el paciente intenta decir.
  • Devolver respuestas de escucha, tanto verbales como no verbales, mostrando al tolerante que lo estamos escuchando activamente.

Hay personas habilidosas de manera natural en la app de la escucha activa y otras, aun siendo psicólogas, les cuesta un poquito mucho más. Afortunadamente esta capacidad se puede perfeccionar, existiendo múltiples ejercicios de escucha activa y algunos consejos para poder aplicarla como te comentamos en el próximo producto:

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5. Charlar bastante o nada de nosotros mismos

Aquí entramos en un punto que es objeto de enfrentamiento entre los psicoterapeutas: ¿está bien mencionarle a un paciente cosas sobre nosotros? ¿Exactamente en qué le puede servir? ¿Estamos cruzando la barrera entre lo profesional y lo personal?

Algunos son de la opinión de que no se le debe decir absolutamente nada personal, y que debemos enfocarnos exclusivamente en la vida del tolerante y su malestar psicológico. No obstante, otros estiman que no charlar nada de nosotros es el fallo, ya que nos mostramos demasiado rígidos con el tolerante y no contribuimos a generar un entorno de confianza.

Lo idóneo sería charlar sobre nosotros, pero en su justa medida y muy ocasionalmente. Las autorrevelaciones nos tienen la posibilidad de ser útiles en instantes dados de la terapia, si bien sí que es cierto que si el tolerante insiste bastante en comprender de qué forma es nuestra vida debemos contestar remarcando la relevancia de hablar sobre él o ella y no de nosotros.

Pero tampoco debemos hablar demasiado de nosotros, ya que estaremos cometiendo un fallo. La terapia es para el paciente, no para nosotros, y no es ese el lugar a fin de que hablemos de nosotros.

Las autorrevelacioens deben ser un ofrecimiento controlado de información, no un desahogo de nuestra vida personal. Si queremos charlar de nosotros en terapia, acudamos a un sicólogo y ejerzamos nosotros el rol del paciente.

Las autorrevelaciones tienen varios efectos positivos en la terapia:

  • Hace que el paciente nos se autorrevele más.
  • Aumenta la seguridad del tolerante hacia nosotros.
  • El terapeuta es percibido como una persona mucho más cálida y próxima.
  • Optimización la efectividad de la terapia.

¿Qué se puede descubrir durante la terapia?

  • Hablar sobre nuestra experiencia profesional.
  • Edad, estado civil o número de hijos.
  • De qué forma hemos manejado algunos problemas u opiniones.
  • Sentimientos positivos respecto a nuestro paciente.
  • De qué manera se desarrolla la terapia.
  • Sentimientos negativos (con menor frecuencia)
  • Información sobre opiniones religiosas o sexuales personales (con menor frecuencia).

6. Utilizar un lenguaje demasiado técnico

En el momento en que charlemos con nuestros pacientes, debemos evitar utilizar un lenguaje demasiado técnico o, caso de que lo tengamos que usar, por lo menos explicarle al tolerante exactamente en qué consiste cada término.

Utilizando demasiadas palabras complicadas y técnicas correremos el riesgo de padecer unos pedantes, además de ofrecerle la sensación al tolerante que se metió en un lugar en el que no se está enterando de nada y se siente un tanto tonto.

No queremos bajo concepto alguno que el tolerante se sienta de esta manera, ya que la psicoterapia es para hacer que se sienta cómodo, se abra y optimize su estado psicológico. El terapeuta debe ir ingresando el lenguaje del sicólogo al lenguaje natural del tolerante a fin de que pueda comprender lo que se le está haciendo y qué técnicas se le está aplicando.

Esto también se aplica aun con los pacientes que dé la casualidad de que son psicólogos. Aun así, vamos a deber introducirles las técnicas que iremos a utilizar, aunque sea una mínima explicación o repaso. Por servirnos de un ejemplo, si vamos a utilizar la técnica de relajación muscular progresiva de Jacobson es recomendable explicársela un tanto como mínimo.

7. Obviar la coalición terapéutica

Este fallo radica en centrarse bastante en las técnicas que debemos usar y obviar la relación que mantenemos con el tolerante.

Es normal que, al principio, dediquemos un buen tiempo a diseñar y planear las sesiones, algo precisamente fundamental en el abordaje de cualquier situación. Esto lo hacemos para sentirnos más seguros, con una mayor sensación de control ante la terapia. Sin embargo, procurar controlar demasiado la situación, obviando la relación que nos encontramos manteniendo con el paciente, puede debilitar la coalición entre tolerante y terapeuta.

Como terapeutas debemos dominar las técnicas y herramientas que nos ofrece la psicología, pero también esforzándonos por crear una buena alianza terapéutica ya que es un predictor positivo del éxito de la terapia.

La coalición terapéutica es el pacto implícito entre el tolerante y el terapeuta, cuya misión es el de poder los objetivos terapéuticos. Para conseguir que esta alianza terapéutica sea correcta es conveniente tomar en consideración los siguientes 3 puntos:

  • Vínculo sensible positivo entre tolerante y terapeuta.
  • Acuerdo mutuo sobre las misiones de la intervención.
  • Acuerdo mutuo sobre las tareas terapéuticas.

La coalición es un proceso continuo, no algo que se establezca de forma súbita nada más comenzar la terapia. Es fundamental que, como terapeutas, vigilemos de qué manera se está construyendo la psicoterapia a fin de sostener, mejorar y arreglar la coalición caso de que sea necesario.

8. Decirle al paciente lo que debe hacer

Es casi de primero de psicología la máxima que reza que no debemos decirle a nuestro paciente lo que tiene que realizar, sino accionar como un guía en la toma de sus resoluciones. El paciente es el verdadero dueño de su vida, sus acciones y sus decisiones y habrá de ser él el encargado de sus éxitos y sus errores.

Pero a pesar de que esta es una idea fundamental en la vida de todo psicólogo, también es un fallo bastante común. La metida de pata sería la de regentar al paciente hacia un determinado sendero, el que a nosotros nos gusta y que no tuvimos en cuenta ni las resoluciones ni la intención de la persona a la que estamos atendiendo. Esto es, mencionarle al tolerante lo que debe realizar al margen de lo que piense o de lo que sienta que le resulta incómodo.

Lo que debemos llevar a cabo es guiar al paciente hacia el camino que él o ella desee seguir. Si le decimos al tolerante lo que debe llevar a cabo y se da la mala suerte de que no tiene éxito, corremos el peligro de que nos eche la culpa de que haya salido mal. En cambio, si nos limitamos a actuar de guía, es menos posible que algo salga mal y, en caso de que salga mal, estaremos exentos de responsabilidad o culpa puesto que la resolución la tomó el tolerante.

9. Ser demasiado rígido y no flexibilizar

Si bien debemos planificar nuestras sesiones y tener preparadas todas las herramientas que vayamos a aplicar con el tolerante, sí que es verdad que la idea de perfección, la planificación desmedida y el elevado control de la terapia no son buenos aliados de nuestra profesión. De hecho, podría llegar a debilitar la coalición terapéutica.

No es que debamos improvisar en cada sesión que hagamos, pero sí que es cierto que en ocasiones las cosas no van a ir como nos las habíamos soñado, más que nada porque la vida del tolerante es un desarrollo, inestable y cambiante. Lo que creíamos que iba a marchar ayer, el día de hoy puede que deje de ser útil.

Asimismo es posible que, a medida que va progresando la terapia, el tolerante se abra poco a poco más y nos revele nueva información, datos que nos hacen ver que quizás es preferible aplicar una nueva técnica, distinta a la que teníamos pensado utilizar en un comienzo, motivo por el cual quizás nos convenga más, y más que nada le resulta conveniente al paciente, que apliquemos un nuevo enfoque.

10. No tomar en consideración exactamente en qué punto se encuentra la terapia

Como terapeutas debemos profundizar en los sentimientos y conmuevas de nuestro tolerante. Entre nuestras funciones está la de entrar en lo más profundo de su cabeza, averiguando en los recuerdos mejor guardados, sus esquemas, opiniones y valores.

Al realizar esto, debemos tener certeza de que iremos a poder supervisar y gestionar apropiadamente las conmuevas y reacciones que iremos a despertar en el tolerante. Cuando abrimos una puerta, debemos estar seguros de que la vamos a poder cerrar después.

Reforzar cuando no toca supone muchos problemas. Si lo hacemos antes de tiempo puede que el tolerante se sienta intimidado y amenazado, sintiendo que no se han respetado sus tiempos. Esto va a hacer que se ponga a la defensiva y se cierre.

Por otro lado, si tardamos bastante en profundizar, puede pasar que el paciente también se cierre, oponiéndose a charlar de su vida personal a esta altura porque siente que está mejor y cree que no es necesario hablar de algo que no ve relación con un inconveniente que, por otro lado, parece que ya lo tiene solucionado.

Por último, tenemos el no profundizar en absoluto. Si bien el paciente es posible que no sepa que en una terapia se tiene que profundizar en algún instante, en el momento en que la concluya notará que no se intentó todo cuanto se debería haber comentado y tendrá la sensación de que no le permitió desquitarse todo lo que quería.

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