Qué es y cómo afecta a los profesionales senior

“Nadie me coge el teléfono, me he vuelto invisible, después de 30 años de carrera ya no sirvo, el mercado laboral me rechaza. ¿Y ahora qué?” Esta reflexión es cada vez más común entre la denominada generación senior, el grupo de personas de más de 50 años al que aún le queda varios años de trabajo pero que, en muchos casos, se encuentra sin oportunidades laborales o con ofertas que no se adaptan a su experiencia y sus necesidades.
El síndrome del teléfono apagado es un concepto muy reciente que busca generar un necesario debate acerca de este problema sociolaboral que cada vez tendrá más impacto en nuestro país. Analizamos este síndrome vinculado al edadismo y su consecuente impacto psicológico.
Síndrome del teléfono apagado: edadismo laboral

No sabemos hasta qué punto tendrá éxito el naming de este “síndrome”, pero el debate sobre su trasfondo será, cada día que pasa, más necesario, porque cada día que pasa habrá más talento sénior en este país, otro eufemismo un tanto controvertido como “tercera edad”, “adulto mayor” y otros tantos que parten de esa aversión social a decir la palabra “viejo”, de confundir vejez con enfermedad (y muerte), y recordar que sí, que somos seres finitos.
Y de eso se trata, de aversión a la vejez, incluso entre los propios viejos que rara vez se consideran a sí mismos como lo que son, siempre empeñados en demostrar lo jóvenes que se sienten, como si ser viejo fuera un estigma; se trata de edadismo, en su suma, la discriminación social de las personas mayores, la cual comienza en el propio trabajo.
Definido por Óscar Fajardo, colaborador de Generación SAVIA, como “el estrés que experimentan los individuos que se encuentran en búsqueda activa de empleo y cómo hacen frente a la ausencia de respuesta de las solicitudes laborales enviadas”, el síndrome del teléfono apagado es especialmente frustrante y lesivo para los desempleados de más de 50 años que se asoman a un abismo sociolaboral, pero también psicológico al afectar directamente a la autoestima: “¿ya no soy una persona válida?”.
Y es como bien dice Fajardo, “hemos creado una sociedad «trabajo-céntrica» en la que se produce una absoluta identificación entre el ser y el trabajar”. Y si no trabajamos, ya no somos. Y lo que hemos construido durante años, se viene abajo. Nuestra autoestima por los suelos… porque no nos cogen el teléfono, porque nadie se acuerda de nosotros, porque somos viejos: y los jóvenes huyen de la vejez, y los viejos de sí mismos.
Efectos psicológicos del síndrome del teléfono apagado




¿Alguna vez en tu carrera te has quedado sin trabajo en contra de tu voluntad? ¿Y has tenido dificultad para encontrar otro trabajo acorde a tu experiencia y aspiraciones? Pues a eso añádele una elevada responsabilidad familiar y una edad avanzada. Y ya tienes un panorama de lo que siente un sénior cuando busca trabajo y no lo encuentra. Los efectos psicológicos de tal situación pueden ser devastadores si no se atajan a tiempo.
Empezando por esa pérdida del sentido de identidad de la que habla Fajardo. Dedicamos tanto tiempo a trabajar (cuando trabajamos) y a pensar en el propio trabajo (cuando no trabajamos) que si nos quedamos sin él es un ataque a la línea de flotación de nuestra identidad hasta el punto de que nos replanteamos buena parte de nuestro autoconcepto. Y llegan preguntas incómodas: ¿ha merecido la pena trabajar 30 años para esto?
Estas dudas se conjugan con la pérdida de autoestima y autoconfianza y un previsible aislamiento social al perder contactos laborales e incluso amigos y familiares por la “vergüenza” de quedarnos sin trabajo, otro deplorable estigma de nuestra sociedad “trabajo-céntrica”, olvidando que, en la mayor parte de los casos, el trabajo es no es más que un “favor” que hacemos al sistema capitalista para que se pueda sostener.
Porque muchos somos infelices en nuestros trabajos, pero aún más infelices si no lo tenemos. Una paradoja para reflexionar, más allá, por supuesto, de la amenaza a nuestras necesidades más básicas que supone no tener ingresos para cubrirlas.
Finalmente, las consecuencias de la pérdida de autoestima, el aislamiento social y las dudas sobre nuestra propia identidad y valía conducen a la ansiedad que, si no se ataja a tiempo, puede convertirse en depresión, en un problema psicológico de gran calado.
Combatiendo el síndrome del teléfono apagado




Para luchar contra el síndrome del teléfono apagado tenemos diversos mecanismos, empezando por la propia experiencia. Es normal sentirse ansioso, desolado y con dudas, incluso por la propia valía, cuando te quedas sin trabajo y nadie te coge el teléfono.
Pero solo hay que echar la vista atrás y analizar lo que has hecho en tu carrera laboral, y en tu vida al margen del trabajo. No importa el sector en el que hayas trabajado, ni la vida que tengas: te mereces, al menos, oportunidades para demostrar lo que tú sabes que puedes hacer, porque lo has hecho cientos de veces. Y para aprender lo que sea necesario, porque has aprendido tres o cuatro cosas en tres décadas de trabajo.
Y como en cualquier otra situación crítica, lo más importante, es lo más esencial. Mantén una rutina saludable a nivel alimenticio, de sueño y de ejercicio físico. No caigas en la tentación de abandonarte: mantente firme en tus (buenos) hábitos y aprovecha para corregir los malos, si es que los tienes, ahora que tienes más tiempo.
Así mismo, intenta evitar el aislamiento social, no es ninguna “vergüenza” no tener trabajo. Al contrario, si lo piensas bien, puede ser una oportunidad para salir de la lesiva espiral laboral en la que se encuentran muchos compañeros generacionales. ¿Son todos “felices” trabajando? Tal vez sea el momento de dar un giro a tu carrera laboral. Incluso a tu vida. O no: puede que tu vida sea ideal como está. Solo necesitas trabajar.
Pero no te olvides de disfrutar de lo que te gusta, no evites tus hobbies y/o busca nuevas aficiones, un aspecto fundamental que, junto a la rutina saludable, serán los pilares que te hagan superar ese primer impacto de verte sin trabajo y con pocas oportunidades iniciales. Todo se va aclarando, generalmente, cuando nos vamos calmando y aceptando la situación.
¿El futuro del talento sénior es el futuro de España?




Podría ser un buen eslogan parlamentario y es que España envejece, toda Europa envejece a pasos agigantados. Según el informe La gestión de la edad en las empresas. El envejecimiento de las plantillas del Ministerio de Trabajo y la Fundación Edad y Vida, en 2030 habrá un 15,5% de trabajadores entre 55 y 64 años frente al 12,5% actual, habrá un 8% de población de más de 65 años, frente al 5,9% actual. Y tendremos una menor población entre 20 y 54 años: pasaremos del 34,7% actual al 28,7%.
El Estudio del Talento Sénior del Instituto Santa Lucía ahonda en estos datos refrendando el evidente envejecimiento de la pirámide poblacional: para 2030 se prevé que existan más de 8 millones de profesionales mayores de 55 años.
Mientras tanto, muchos de ellos deben batallar contra esa serie de ideas vinculadas a los boomers, también a nivel laboral, como si las personas más de 50 años con dificultades para encontrar trabajo fuesen un incordio, un tabú, trabajadores con escasas competencias digitales, conocimientos obsoletos, poco flexibles, que exigen salarios elevados y que tienen peor salud.
¿Son estos tópicos ciertos? Eso ya sería otro debate, especialmente en relación a la flexibilidad, el conocimiento y los salarios, pero, de cualquier manera, parece evidente que el futuro laboral de España será sénior… o no será.
Pero aún hay esperanza: si los publicistas ya generan targets pensando en la Silver Economy (nos hemos acordado de que los adultos mayores tienen un buen dinero para gastar, generalmente más que los jóvenes), quizás también tengamos algún trabajito para ellos.
Pero antes habrá que dejar los estereotipos grotescos: “el del viejo que siempre lleva bastón y el del fornido viejo de barba blanca con una camiseta de tirantes haciendo surf”. Efectivamente, los viejos (de verdad) no protagonizan anuncios. Bueno, los jóvenes de verdad, tampoco.

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