¿Por qué nos gusta tanto volver al pueblo en verano?

“Allí, en el más absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar”.
Son los “años de niñez en que el tiempo no existe, cuando unas horas o un día son cifras de la eternidad. Porque ¿cuántos siglos caben en las horas de un niño?” Estas reflexiones de Luis Cernuda de su libro Ocnos condensan los motivos que nos impulsan a volver al pueblo en verano, a tratar de revivir aquellos eternos días sin tiempo, una nostalgia sanadora que, no obstante, en dosis excesivas, puede ser contraproducente: porque los pueblos también tienen su invierno.
Recuerdos y reencuentros en los veranos en el pueblo

La nostalgia es uno de los sentimientos más ambiguos, satisfactorios y peligrosos del ser humano. Todo depende del manejo que le demos y si sabemos ponerle freno antes de que la dulce melancolía asociada a la nostalgia se convierta en tóxica, por sobredosis.
La propia definición de este término en la RAE es elocuente: “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Pero antes de perderla, esa dicha, esa alegría existió —o creemos que existió— y los veranos en el pueblo son uno de los escenarios nostálgicos a los que más tendemos a volver, por la dicha de los recuerdos, de los reencuentros.
Tal vez ya no estén allí las mismas personas, —o sí—, pero en los pueblos siempre nos reencontramos con nuestros recuerdos, muchos de ellos asociados a personas que formaron parte de aquellas inolvidables aventuras estivales que se convirtieron en leyenda de verano: desde el primer amor a la primera calada, desde el primer guateque a la primera trucha.
Porque en aquellos veranos sin tiempo había tiempo para todo y más. Ni Vacaciones Santillana y ni Cuadernos Rubio, ni, por supuesto, TikTok, los veranos eran para vivirlos a la fresca, aprendiendo a nadar en el río con aquellas horripilantes cangrejeras, haciendo carreras en bicicleta entre maizales o campos de girasoles, pescando con los amigos mientras comentabas los fichajes o la etapa del Tour para terminar sentados en la calle, mirando la tele que alguien había sacado a la acera: solo había dos canales y uno no se veía, pero daba igual. Aquello era como la última serie de moda en Netflix, todo el pueblo en torno a la tele, pero en la calle.
Y ahora, ¿cómo son los veranos en el pueblo?




Cuando volvemos al mismo pueblo décadas más tarde, solemos tener sensaciones encontradas, entre la alegría de ver lo poco que ha cambiado todo y la tristeza de ver lo mucho que ha cambiado todo (o viceversa): todo depende del día que tengamos y el pueblo al que volvamos.
Pero lo que más temor nos da es comprobar que lo que más ha cambiado somos nosotros mismos. El pueblo tan solo se ha adaptado a los tiempos: el baño en el río está prohibido salvo en la playa fluvial habilitada que cuenta con una especie de chiringuito que vende batidos detox y kombucha, no se puede ir en bicicleta sin casco, y en la piscina del pueblo han quitado el trampolín, rodeando todo el perímetro con una valla.
Todo ello te provoca un poco de recelo, porque el pueblo ya no es exactamente como tú lo recordabas, pero entonces ves que tu hijo se olvida de su tablet un rato y se zambulle en el río mientras te pregunta: ¿y entonces aquí aprendiste tú a nadar? Y un suspiro emocionado retrasa un par de segundos tu respuesta. Porque aún con detox, tablets y playas fluviales, la eternidad sigue estando en los veranos de los niños. Y la kombucha no está tan mal.
Por lo tarde, le enseñarás el bosque en el que te perdías con tus amigos, que te parecía una auténtica selva, pero que ahora se presenta como un insípido bosque de repoblación de pinos. Y entonces tú hijo pega un grito porque un mosquito se le ha posado en el brazo. Lo liquidas como el ninja mata-mosquitos que un día fuiste y le explicas que, al lado del río, y a estas horas de la tarde, sois pasto para mosquitos. Pero hay que aprender a convivir con la naturaleza, chico de ciudad.
Y por la noche, salís a la fresca. Ahora no hace falta mover la televisión, porque ya la llevamos todos encima en nuestros móviles. Pero el rumor de los grillos que nunca se escuchan en la ciudad son la sintonía del cielo estrellado, ese que tampoco se ve nunca en tu barrio. Ahora ya puede observar todo eso que le han enseñado en el colegio sobre astronomía para principiantes: aquí está la Osa Mayor y eso que brilla tanto es Venus. Y de vuelta a casa que los mosquitos no descansan.
Los ‘inviernos’ en el pueblo: el peligro de la nostalgia




Tal vez hayas sentido una cierta decepción en tu vuelta al pueblo, por aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sabemos que la memoria no es un fiel testigo del pasado: elabora crónicas inspiradas en la realidad, pero alteradas para formar un relato coherente y sencillo de interpretar… y narrar a nuestros hijos: los veranos en el pueblo eran el no va más, no había redes sociales ni zarandajas y éramos los reyes del mundo, todo el rato de aquí para allá viviendo la vida loca.
Pero la realidad no fue exactamente así: había siestas, tiempos muertos a mitad del día en los que te aburrías como una ostra, eternos —en el peor sentido— días con lluvia, moscas por todas partes, preguntas impertinentes de la vecina y accidentes en la piscina porque aquel trampolín era un peligro. Y es que los pueblos también tienen invierno, incluso en verano.
Por eso la nostalgia puede crear relatos demasiado fantásticos que, si el propio narrador se los cree al pie de la letra, pueden conducirnos a una melancolía dañina, la de tratar de recuperar un pasado que ya no va a volver y que tal vez nunca existió.
Porque como expone este artículo de Psychology Today, hay diferentes tipos y grados de nostalgia, desde la reflexiva que reconoce muchas cosas que han cambiado para bien, hasta la nostalgia más nociva que, llevada a ámbitos sociales, puede convertirse en la base de estrategias populistas de gran calado.
Pero nosotros no queremos hoy llegar tan lejos: tan solo estábamos disfrutando del verano en nuestro pueblo, acompañados de nuestros recuerdos y reencuentros, pero también de horizontes y futuros. Porque la nostalgia del pasado siempre debe ser compensada por la esperanza en el porvenir. Y es que, en el más absoluto silencio estival, sobre el rumor del agua, las nubes siguen inmóviles, en otro momento para la eternidad: allá en el pueblo, a la orilla del río, ahora con tu hijo.

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