Cómo estudiar a planear: 4 consejos prácticos

En el planeta tan ajetreado que vivimos, nos da la sensación de que nos falta el tiempo para llevar a cabo todo lo que teníamos planeado realizar. Las tareas del trabajo son prioritarias y obligatorias y, claro está, las tenemos que hacer pero, a costa de ellas, suele pasar que no disfrutamos de nuestro ocio y relaciones interpersonales.

No planear el tiempo piensa sentir como las horas, los días, las semanas y los meses se marchan convirtiendo en poco a poco más pequeños, escurriéndose entre nuestras manos mientras sentimos que estamos perdiendo nuestra vida sin lograr realizar mucho para evitarlo.

Pero la verdad es que sí tenemos la posibilidad de cambiar, mejorar nuestra administración del tiempo y las tareas que nos hemos propuesto. Si eres de los que se pregunta de qué manera aprender a planificar mejor el tiempo, lo que viene a continuación te interesa.

Cómo estudiar a planear: 4 claves sicológicas

El tiempo es esa sustancia, es fluido imaginario que se nos escurre entre los dedos sin que lo podamos eludir. Resulta interesante de qué manera a medida que vamos creciendo el correr del tiempo parece acelerarse, ir más veloz haciendo que lo que antes eran horas en este momento se perciban como minutos, y los minutos como segundos.

Nuestros días pasan tan rápido, se difuminan, se desvanecen mientras sentimos que todo cuanto queríamos hacer no lo terminamos porque el día no nos da para tanto.

Pero hubo una vez que sí nos lo daba: nuestra niñez. Por lo menos a mí me pasa que en el momento en que era niño me daba tiempo para todo y sin siquiera pensarlo ni planearlo. Iba al cole, aprendía ahí y hacía lo que los profes me afirmaban llevar a cabo, jugaba en el recreo sin que me se ve que la pausa fuera bastante corta, acababan las clases, llegaba a casa y hacía los deberes antes de comer. La tarde era extraordinaria, dándome tiempo para jugar, estudiar, ver la tele y quedar con algún amigo ocasionalmente.

Mi yo infantil era, sin proponérselo, supuestamente mucho más responsable y eficiente que mi yo adulto, y todo era por su percepción del tiempo. Cuando eres pequeño las horas se viven más largas de lo que son, y no te da la sensación de que al realizar una cosa pierdas tiempo para otras. Por lo menos en mi caso personal, ocio, relaciones personales, aficiones y responsabilidades académicas estaban bien ajustadas y, en el momento en que me iba a reposar próximamente, no tenía la sensación de que hubiese perdido el día.

Es cierto que de pequeños tenemos nuestros progenitores que nos van detrás, pero realmente si a esas edades podíamos con todo, ¿de qué manera no vamos a ser capaces de administrar el tiempo de mayores? Sencillamente se trata de una cuestión de estudiar a planificar, ser constante, paciente, entender diferenciar entre lo prioritario y lo que no es así y cumplir con lo que uno se ofrece. Sea cual sea nuestra edad, los días seguirán siendo 24 horas, 1440 minutos y 86.400 segundos. Depende de nosotros el beneficio que hagamos de nuestro tiempo.

Pero para esto es necesario entender cómo llevarlo a cabo…

1. Organizando nuestras vidas. La relevancia de la lista de tareas

No podemos administrar bien el tiempo sin planificar convenientemente el día y, para esto, debemos organizarnos. Esto suena a una cosa obvia, y para muchos es posible que lo sea, pero en la práctica la gente suele infravalorar la relevancia de tener claro a primera hora de la mañana o de la jornada de trabajo qué toca hacer el día de hoy/esta semana.

Acostumbra pasar que el hecho de que el día nos haya parecido mucho más corto de lo que es se debe a que lo hemos comenzado mal. Dejamos lo difícil para el final, suponiendo que si hacemos lo más fácil y corto de hacer nos marchamos a motivar y vamos a estar más listos para enfrentarnos a lo complejo en el final de la jornada. El inconveniente es que como hemos invertido todas nuestras fuerzas en cosas simples a lo largo de la mañana, al llegar lo más dificultoso nos abruma, agobia y lo hacemos a desgana y mal.

En otras ocasiones, lo que pasa, más que ver con la dificultad, debe ver con el problema de no comprender qué tareas hay que hacer. Esto es, sí que las entendemos en lo profundo de nuestra cabeza, pero como no las contamos apuntadas en una lista ni tampoco nos hicimos un planning, conforme va pasando el día tenemos que acordarnos de estas tareas. Como la memoria humana no es infalible, es posible que nos acordemos de llevar a cabo X o Y ahora tarde, lo hagamos a toda prisa y nos sintamos frustrados por no habernos acordado antes.

Sea cual sea nuestro viable caso, todo lo mencionado se solventa haciendo algo muy simple. Simplemente requerimos algo de tiempo, reflexión y paciencia: una lista de tareas. Simple, ¿verdad? Sencillamente poniendo en un trozo de papel o en una aplicación de móvil inteligente que nos recuerde lo que hay que hacer vamos a ser bien siendo conscientes de cuáles son las tareas, misiones u objetivos a cumplir en todo el día o la semana. Cuando acabemos uno sencillamente tendremos que ver la lista y ver cuál es el siguiente, sin entrar en una crisis o perder el tiempo recordando qué era lo que tocaba después.

En esta lista no solo vamos a poner las tareas a hacer, sino el tiempo que calculamos que nos van a demorar. Esto es muy subjetivo y, en verdad, en la teoría somos mucho más optimistas que en la práctica. Con esto quiero decir que si, por poner un ejemplo, creemos que una labor va a hacernos perder una hora de nuestras vidas, la verdad es que probablemente tardemos bastante más. Una recomendación es que, al paso que calculemos que tardaremos le agreguemos unos 30-45 minutos de cortesía. De esta manera, si tardamos más de lo planeado, no nos desesperaremos al opinar que estamos perdiendo el tiempo destinado a la siguiente labor.

Lo de realizar una lista o apuntar nuestras tareas en un agenda es algo que debemos llevar a cabo con cierta frecuencia, siendo lo ideal cada día para que de este modo adquiramos el hábito de planificar ya de buena mañana nuestra jornada. En esta lista de tareas también debemos incorporar los posibles imprevisibles, cualquier cosa que nos pueda realizar perder el tiempo. Esto es dependiente mucho más de nosotros y el tipo de tareas y empleo que hagamos, de ahí que es muy importante que recordemos los imprevisibles que tuvimos anteriormente, fijándonos en el tiempo que nos hicieron perder y apuntarlo en la lista como un potencial tiempo a perder.

2. Tareas dentro de las tareas

Una vez tengamos visibles cuáles son las tareas a efectuar a lo largo del día y los objetivos asociados, toca dividirlas en pequeñas ocupaciones. La razón de esto tiene que ver de forma directa con nuestra motivación. Por lo menos mi caso es el siguiente: si debo hacer una labor enorme, para la que calculo que le debo dedicar un buen tiempo, me empieza a entrar mucha pereza empezarla siquiera. Semeja que cuanto mucho más larga sea la labor, más tiempo tardo en hacerla.

En cambio, si esa misma tarea la subdivido en tareas pequeñitas, que me demorarán pongamos unos 20 o 30 minutos, me motivo mucho más y también, aun, puede que las lleve a cabo del tirón sin darme cuenta. Poquito a poquito voy continuando y, cuando miro todo lo que he hecho hasta ese punto, me siento todavía mucho más animado para realizar lo que queda. Trabajar de este modo me hace ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío, o en un caso así, la labor medio llevada a cabo y cerca de finalizar.

Es cierto que esto es dependiente bastante de la labor en cuestión, pero en la mayor parte de los casos todas y cada una nuestras metas del día se tienen la posibilidad de subdividir en otras tantas. Por ejemplo, tenemos que redactar un informe en nuestra oficina que hemos calculado que mínimo 2 horas nos irá a eliminar de nuestras vidas. En lugar de verlo de esta forma veámoslo como que debemos hacer unos 5 apartados que nos irá a sospechar unos 20-30 minutos hacerlos cada uno de ellos. Hemos transformado una tarea grande en 5 mucho más pequeñas y que nos motivan mucho más hacerlas.

3. Marcar las preferencias

Una vez hicimos la lista y hemos marcado en cada uno de sus apartados tareas más pequeñas, llega el momento de detallar preferencias. Lo que consideramos prioritario o no tendrá dependencia de varias cosas, aunque una orientación es poner como prioritario lo que sea mucho más largo, básicamente pues dejar lo más difícil y pesado para el desenlace del día, instante que nos encontramos cansados por haber hecho el resto de tareas atentos, nos va a agobiar más y, encima, vamos a sentir que hacemos peor nuestro trabajo.

Debemos detallar la urgencia, relevancia y tiempo de duración de cada labor y valorar en función de estos factores lo prioritario que sea hacerlas. Hay que ser realistas y entender cómo estamos trabajando, comprendiendo que si hay cosas que enserio nos cuesta realizar lo destacado sería proporcionarles prioridad, no vaya a ser que se nos acumule y nos agobie todavía más tener que hacerlas.

Cada uno es libre de marcarse de la manera que más le guste lo que indica qué es prioritario de lo que no. Podemos utilizar sistemas de colores, marcas de problemas, subrallar, resaltar con algún símbolo… cualquier cosa es válida para recordarnos qué es lo más importante. También tenemos la posibilidad de rehacer la lista y poner las cosas ordenadas según su prioridad y ponernos alarmas en el móvil que nos avisen de qué hay que llevar a cabo a cada hora, así no nos vamos a olvidar de proseguir el orden que nos hemos propuesto.

Aquí insistimos que todo esto hay que llevar a cabo cada día o, como mínimo, con cierta continuidad pero, y prácticamente más importante que cualquier cosa, respetarlo. No nos sirve completamente de nada poner en una lista lo que debemos llevar a cabo, indicar la relevancia de cada tarea y cuánto tiempo nos irá a suponer hacer cada una de ellas si, después, no respetamos nuestra planificación.

Es verdad que se tienen la posibilidad de dar imprevistos y que tengamos que cambiar una tarea por otra mientras avanza el día, pero una cosa es eso y otra es que deseamos comenzar por lo simple y dejar lo difícil al final. No es buena iniciativa.

4. Planear nuestra vida es planificar todo

Hasta aquí he insistido bastante en lo de la planificación orientada en el trabajo, pero eso no es lo único que debemos organizar en nuestra vida. El ocio, las relaciones personales, nuestras aficiones y objetivos vitales forman parte de la vida y son puntos que asimismo debemos planificar si queremos que todas y cada una de las áreas funcionen de conformidad con cómo nos gustaría.

No todo en la vida es trabajo y, si dejamos que el trabajo nos absorbe, la frustración al ver de qué manera no contamos tiempo para ocupaciones y necesidades que nos complacen nos va a hacer rendir peor y ser infelices.

Por ejemplo, si poseemos el deseo de estudiar un nuevo idioma, eso debe ir asimismo en nuestra lista de tareas cotidianas. El objetivo de estudiar la lengua en cuestión se puede desglosar en tareas mucho más pequeñitas, como por servirnos de un ejemplo estudiar nuevo vocabulario, practicar la pronunciación o leer un libro en el idioma propósito. Planificando esto, desmenuzándolo en ocupaciones fáciles y veloces de hacer, nos va a hacer sentir que nos encontramos consiguiendo este propósito que nos hemos propuesto.

Sean cuales sean los deseos personales que deseamos cumplir, no los tenemos la posibilidad de ignorar. Planear nuestras vidas se aplica a absolutamente todo y, de hacerlo y cumplirlo, volveremos a sentirnos como en el momento en que éramos niños y el tiempo nos daba para todo. Planifiquemos nuestras vidas en lo posible para sentirnos mucho más productivos y contentos.

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